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Katha. Tras las huellas de George Orwell

Myanmar - Katha (16/10/2006)

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"Los días de Birmania" es un libro fantástico. Me había quedado sin lecturas mientras viajaba por Xinjiang en 2002 y me lo dio mi amiga Anna la francesa que lo acababa de terminar. No solo me salvo la vida en las 67 horas de tren que hay entre Urumqi y Chongqing, también se convirtió en uno de mis libros preferidos. El libro está ambientado en Birmania en los años 30, pero muchas de las situaciones vividas por los colonos ingleses de la época siguen pareciéndome muy familiares incluso viviendo en China. Además de la trama y los hechos históricos, el libro contiene uno de los retratos misógino-realistas de la mente femenina más finos que he leído. Por si no se notaba, me gusta el libro y lo recomiendo a todo el mundo.

La historia transcurre en Kyauktada hoy rebautizada Katha, donde el propio Orwel estuvo destinado como policía imperial durante una temporada. Katha era mi siguiente destino.

Llegar desde el lago Indawgyi me llevo un día entero, desde el alba hasta la noche. Los dos sitios están a menos de 200 km, pero Birmania es Birmania. Había aprendido algunas lecciones en mi camino de ida hasta el lago y el camino de vuelta fue un paseo en comparación. La noche antes de salir compré por adelantado, y bien cara, mi plaza de copiloto en la cabina del pickup. Sentado y con un cinturón de seguridad bien amarrado, la pista embarrada era casi divertida. En Hopin tuve que esperar un buen rato a que viniera el tren pero fue la ocasión de hacer amigos con algunos críos y otros espontáneos en la estación. Al contrario que en los sitios turísticos, aquí la gente no pide, sino da. Se alegran de poder ver a un extranjero haciendo el ganso a su alrededor. Había un montón de críos que trabajaban vendiendo comida a los viajeros de los trenes. Para ellos estar sentados contigo y salir en una foto digital era un gran evento que convertía un día más en "él dia que estuvimos haciendo el tonto con el guiri".

Por fin llego el tren que era un "local train". Tenia cierto miedo porque ya había visto pasar varios vagones de ganado reconvertidos en vagones de pasajeros, pero no. Nuestro local train era bastante aceptable y no estaba atestado. Había gente subida en el techo pero probablemente era por tomar el fresco más que por falta de espacio. Los asientos eran de tablas de madera, pero cada persona tenia el suyo y no se estaba mal. Además hacia un día fabuloso y viajar en tren a través de las selvas en un día así era un placer.

El norte del país está mucho menos poblado que los alrededores de Mandalay o Yangon. Los pueblos son pequeños y están dispersos. Hay montañas que lo hace todo más lejano y más difícil. El tren recorría un valle cubierto de arrozales, pero tan pronto como se acababa la tierra plana empezaba la jungla espesa. Más allá se veían otras montañas, y más allá, muchas más. No es de extrañar que el personaje del libro se dedicase a la tala de teca. Incluso hoy, 80 años después, se siguen viendo las copas doradas de la teca en medio del verde de la jungla.

El tren iba despacio, saltando y cabeceando, como era de esperar. Parábamos en todas las estaciones, grandes y pequeñas. En todas, tan pronto como nos deteníamos, un enjambre de vendedores rodeaba el tren con sus comidas y mercancías varias. Todo muy pintoresco. Seguimos atravesando bosques, valles y pueblos hasta que empezó a hacerse de noche. Entonces llegamos a Naba desde donde había que tomar un autobús que atravesaba la jungla durante una hora hasta llegar a Katha, en las orillas del Irrawady.

Katha es una ciudad mediana, pero estaba muy lejos de ser un destino turístico. Básicamente no hay ninguna atracción especial. Es simplemente una ciudad tranquila y con encanto. Pero el encanto no es suficiente para atraer a la mayoría de turistas con tiempo limitado. Cuando llevas un cierto tiempo viajando, ver un monasterio o una pagoda más no te aporta gran cosa. Cada vez me gustan más los sitios donde simplemente vas a estar. A mezclarte en la cotidianidad de las cosas. En los sitios que son lo suficientemente normales para que no atraer a las masas, tienes la oportunidad de mezclarte con la gente del lugar sin el estigma de turista en la frente. Puedes ver de cerca como viven y con suerte hasta conocer a gente normal.

Katha vive volcada en el río. La vida gira en torno a él. Mi habitación de la pensión daba al Irawady y lo primero que me encontré al bajar a la calle por la mañana temprano fue un carguero recién llegado. Lo estaban descargando con la única maquinaria portuaria que gastan por aquí: brazos y piernas. Un pequeño ejercito de porteadores con longis viejos a modo de "turbante-capa de superman" sudaba la gota gorda en el calorazo de las 8 de la mañana. Saco a saco, bidón a bidón, iban descargando la cubierta como hormigas. Si en España me hubiese metido por medio de los quehaceres de esa gente, dando por saco con la cámara, probablemente me habrían tirado al río de una patada. Aquí no. Al cabo de un rato todos los porteadores hacían un alto en su ir y venir para salir en la foto y echarse unas risas. Que tíos!

Cuando no hay grandes atracciones tampoco hay el estrés de verlas ni la necesidad de marcarse un programa. Todo es más relajado. Básicamente solo hay que decidir si vas a la izquierda o a la derecha en el próximo cruce.

Después de medio día por allí ya había conocido a la familia china que regentaba el restaurante (que al enterarse de que vivía en china me nombró cliente predilecto), a la tendera que tenia un titulo universitario de francés y aprovechaba cualquier ocasión de practicar (y que coño haces con el titulo en un sitio así!), al herrero de la esquina, al del chiringuito del teléfono... Iba con la bici sin rumbo fijo, a lo que saliera. Me perdí por el mercado, fui a cotillear en la escuela, me deprimí viendo los troncos inmensos que todavía siguen saliendo de los bosques...Todo sin prisas y sin planes.

Había leído que algunos de los lugares que se mencionan en el libro, existían todavía. Intenté buscarlos y encontré varios! Aun estaba en pie la prisión inglesa con sus altos muros, el hospital, muchas casas coloniales tan elegantes y, lo más curioso, la pista de tenis del Club Inglés donde echaban la partida los personajes, que sigue en uso!

En una de estas vueltas me encontré en la puerta de un colegio justo a la salida de clase. Los escolares birmanos van vestidos de uniformes verdes, muchos llevan la cara pintada de tanaka. Es muy colorista. La luz de la tarde era perfecta y me puse a tirar algunas fotos desde lejos. Error. Alguno de los críos se dio cuenta y al cabo de unos segundos tenia unos 100 chiquillos rodeándome y mirando hacia arriba. No me tocaban ni me acosaban, solo estaban allí plantados, en un circulo, a ver que pasaba. Yo los miraba y me reía y ellos más. Pensé que sería una foto muy chula, y que sería muy divertido hacerles una foto a cada uno, pero tenía 100 caras mirando. Sabía que cualquier intento de poner orden y hacer algo organizado acabaría en melé y estampidas o sea que decidí no hacer nada. Pasaban los segundos y los niños seguían mirando. Cada vez había más caras de: "sí, es divertido mirar al guiri, pero no tanto" o "va a hacer algo divertido o se va a quedar ahí plantado". Era un pulso de paciencia y voluntades. Al cabo de algunos minutos algunos empezaron a desertar. Mirar al guiri se había vuelto aburrido. Cuando la masa se había reducido a 20 o 30 incombustibles volví a coger la cámara, pero fue un error. Los que se habían empezado a alejar volvieron corriendo y vuelta a empezar. Pensé que lo mejor sería irme tranquilamente. Unos cuantos me siguieron cargados de fe de que algo divertido tendría que pasar tarde o temprano. Era un flautista de Hamelin pero con cámara de fotos. Mi manada de niños me acompañó dando una vuelta hasta detrás del colegio y allí, con una veintena solo, me animé a ponerlos en fila y hacerles unos retratos. Era imposible! Todos querían ser el primero. Todos querían ver la foto en el acto....Al final, con la ayuda de un adulto que vino en mi rescate conseguí establecer una disciplina y todos tuvieron su foto y todos pudieron verla. Una risa.

Estuve en Katha dos días como podría haber estado dos semanas. Llego el momento de partir y de probar un nuevo medio de transporte birmano: el "ferry"

Mi billete era de "cabina" y costaba una fortuna: 42 dólares. Yo me hacía ilusiones de que por ese precio nos darían algo decente, pero el quid de la cuestión es que ese era el precio de extranjero. Los locales pagaba 10 veces menos. El barco era una antigualla made in China. Tenía 3 cubiertas y los birmanos que viajaban en categoría normal simplemente acampaban en el suelo como podían. Era casi imposible andar porque todo estaba cubierto de esteras donde la gente se tiraba. Al verlo me venía a la cabeza el típico titular de prensa: "350 personas mueren ahogadas en Birmania al hundirse un ferry cargado por encima de su capacidad". Las cabinas eran cabinas de verdad, pero además de ser made in China llevaban 10 años sin repararlas. Estaban cochambrosas y olían a meaos pero al menos teníamos el privilegio del espacio y la intimidad.

El Irawadi es un río ancho y lento. Hay muchos bancos de arena y el barco avanzaba despacio buscando el buen camino. En las orillas se veían pueblos pequeños de casas de madera con pilotes sobre el río, ciudades pequeñas, campos de arroz, montañas boscosas, estupas por todos lados... todo parece parado en el tiempo. Las vistas habrían sido las mismas si hubiese tomado el barco hace 100 o 200 años. Nada ha cambiado. En las 30 y pico horas que duro el viaje no vi ni una fábrica, ni una línea eléctrica, ni un pueblo con alumbrado... prehistórico.

Dado el confort de la cabina y lo espacioso de las cubiertas tuve que buscarme algún sitio donde matar el tiempo. Encima de la tercera cubierta había una cuarta, que era el techo del barco. No estaba pensada para pasajeros pero había una escalera que subía. No había nadie pero alguien había dejado unos sillones viejos tirados en aquel techo. Con aquellos ingredientes me monté una súper plaza de capitán encima de todo. Allí bien sentado pase las horas con la brisa en la cara, mirando el paisaje y oyendo música. La puesta de sol desde arriba, en medio del campo prehistórico de Birmania fue un espectáculo.

Las 30 horas fueron pasando despacio y en la noche del segundo día llegamos por fin a Mandalay. Era mi tercera vez en este viaje. Mi idea era terminar mi estancia en Birmania en el extremo este, en la zona del Triangulo de Oro. La única forma de llegar era por aire. Esta vez la logística funciono al milímetro por primera vez. A la mañana siguiente estaba en un avión de camino a Kengtung.
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3 comentarios

Rafael Garbero Muñoz -

Hola Norberto, te cuento q soy un español residente en el extranjero q vive en Argentina y estudia Ciencias de la Comunicación. Quiero contarte que soy un apasionado por las obras de Orwel, bue de las que pude encontrar ya q no siempre encuentro en las librerías lo q busco y quiero decirte q me encanto leer tu crónica viajera por Birmania, fue increíble leer tus palabras, me hacen recordar mucho a las palabras de Orwel en “La Marca”…, no tuve la suerte de leer “ Los días de Birmania” pero espero hacerlo pronto…, si es q lo encuentro...Estoy de acuerdo con tu apreciación sobre lo que debe ser un viaje “ turístico” , realmente me encanta viajar y conocer lugares en los q uno tenga contacto con la gente común , que vive el día a día y que muestra toda su naturalidad…
Saludos y gracias por compartir tu viaje con el mundo..

Francesc Navarro -

Hola, me ha encantado leer tu relato de Birmania. No creía que encontraría relatos de que alguién hubiera estado en Katha, siguiendo la pista de Orwell, no?. Muy bueno. Yo en septiembre tengo pensado ir a Birmania, pero tengo muy poco tiempo, pero leyendo tu articulo me apetece llegar hasta Katha la verdad.
Saludos!

Mario -

Sigo con la costumbre de dejar algo escrito cada vez que entro y leo tu diario. Así que eso....saludos
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